
Parado a un lado: la montaña de piedras ancladas; al borde, el precipicio de tus besos; más allá, la playa inmensa, la tristeza amarga del agua salada. Entre los pies, la promesa múltiple e infinita de
Y fui solo con la grácil persistencia de la brisa. Desdibujada la pasión, salpicados de te quieros, el paso resuelto de los días golpeaba la piedra; sin piedad, tus manos buscaban atrapar el ave cansada de estos sueños que, como gaviotas, pedían alimento. Sentados al fin, bebida la vida, saboreado el trinar del tiempo, buscamos en los ojos lo que no se pudo con el aliento. «Aquí estoy», dijiste; una mueca de sonrisa anidó cansada en la cara portentosa: cristal del viento.
«Ven, acompáñame al último viaje, al mar sin fondo y sin tregua, al agua senil de los tropiezos. ¡Ven!», te dije, como un suspiro terrible que exige con lamento. «Ven al mar de las caricias que se fueron, al naufragio mohoso en que se han convertido nuestros restos. Ven», balbuceé, extraviado, entre la concha sublime de las perlas de otros besos, olorosas aún al festín salobre de otros cuerpos que, como peces, multiplicaron el sudor de la tarde tantas veces.
Anclados… esperando el paso persistente de los bar
Mírame. El huracán hizo de mí un tronco sin tierra, un ave de madera sin rumbo, sin hojas, sin fruto, ni sombra, ni puerto… En el patio, solo el hueco oscuro del antiguo asiento, el largo esfuerzo de un millón de hormigas, el aserrín escarbado, arrebatado al suelo.
Mírate, disuelta, mineral ansioso, el agua y tú, hermanadas, encontraron rumbo al desaliento. Arrebatada a la piedra, floreces en otros mares; deslizándote conociste el rumor profundo del agua fría, oscura, sin fin, de la soledad que tiembla…
…Desde la playa, el tronco te busca, se sumerge, te espera.
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