lunes, 3 de agosto de 2015

Los jardines secretos de Mogador (Fragmento) / Por Alberto Ruy Sánchez - Alfaguara Mexico

Hola Alberto, quiero compartir contigo la foto de mi tatuaje, sacado por supuesto de tu libro Los Jardines secretos de Mogador. Me tomó algo de tiempo decidirme a compartirlo contigo, pero ¡ea! aquí va. Sólo puedo decirte que tu libro, y el correspondiente tatuaje llegaron a mi vida en un momento de catársis muy grande. Me habían dicho que no podía tener familia y mi pareja acababa de dejarme. Estaba como una loca tratando de encontrarle sentido a mi existencia y entonces llegaron tus palabras y las imágenes inolvidables de la caligrafía de Hassan Massoudy. El día que me hice el tatuaje me acompañó una querida amiga -eso tenemos en común tú y yo, a la señora Alicia Ahumada- y ella me dijo: "Ya solo te falta el jardinero"... Un par de meses después de ponerme el tatuaje supe que estaba embarazada y con mi pequeña bebé también llegó mi jardinero. Ahora estamos juntos, tengo una familia hermosa, soy feliz y cargo conmigo, muy cerca del ombligo y del centro de mis deseos, el secreto de tus jardines secretos de Mogador. ¡Muchas gracias!
Cecilia G. Juárez
Imagen tomada del BLOG de Alberto Ruy Sánchez

1. Amanece, lentamente... y era como si la luz cantara

Era en Mogador la hora en que los amantes despiertan. Todavía traen los sueños enredados en las piernas, tras los ojos, en la boca, sobre las manos vacías.
***
De un beso a otro ellos duermen. El mar ruge hacia el sol y los despierta. Pero ellos abren los ojos muy adentro del sueño, donde se aman y se gozan y también a veces padecen.
***
Era en Mogador la hora en que todas las voces del mar, del puerto, de las calles, de las plazas, de los baños públicos, de los lechos, de los cementerios y del viento se anudan, y cuentan historias.
***
En la Plaza Mayor de Mogador, un hombre traza un círculo imaginario con la mano extendida y se coloca en el centro. Más que un círculo es una espiral que arranca en sus pies. Levanta los brazos al cielo y convoca a los vientos. Lanza al aire una mascada púrpura. La comprimió con las manos como una piedra antes de aventarla. Se abrió arriba de golpe y fue descendiendo lentamente hasta su puño inmóvil, como un halcón que regresa: señal favorable. Lo invisible está de su parte.

Es el contador ritual de historias, el halaiquí. Su voz se desteje esta mañana como una serpiente cauta saliendo de su cesta. Y se convierte en un llamado hipnótico en el aire. Un ave de presa que atrapa la atención de los que pasan.

Muy pronto lo rodean viejos y jóvenes, mujeres y hombres. En cada uno despierta curiosidades inmediatas y antiguas. Y el contador se presenta ante todos. Viene de muy lejos:

Vengo movido por mi sangre.
 Por su música.
Vengo orientado por mi lengua.
 Por su sed.
Todos los días me visto de vientos,
 de mareas, de lunas.
Y aquí, cuando me escuchan,
 de todo eso me desvisto.
Soy tan sólo el aire de lo que cuento.
 Una voz sonámbula.
Una voz que busca trastornada
 la intimidad de la tierra.

El halaiquí hace ademanes que la gente sigue tanto con la mirada como con la respiración. Mira a cada uno a los ojos. Cambia de tono y dice: Hoy vengo a contarles la historia de un hombre que se transformó en...

Y se detiene como si otra idea cruzara por sumente interrumpiéndolo. Se dirige a un anciano sentado al frente, que lo mira asombrado como un niño.
—¿Sabes en qué se convirtió ese hombre?

Luego a otro, más atrás, que baja los ojos; a una mujer que casi se le escapa; a un niño atemorizado.
—¿Alguien puede decírmelo? Haré algo especial para el que adivine.
Un premio, una sorpresa.

Un grupo de jóvenes decide probar suerte. Consultan entre ellos. Uno convence a los demás de que ya ha oído esta historia y con ademanes de seguridad se aventura al frente para decir:
—Se convirtió en un perro.

El halaiquí lo niega con la cabeza. Todos ríen y se animan de golpe a gritar lo que habían pensado. Cada quien tiene una idea y brotan cien al mismo tiempo:

"Se convirtió en pez. No, en pájaro. En viento. En mujer. En mar. En piedra. En río. En nada. En un mosquito. En dragón. En lluvia. En un sueño. En dátil. En granada. En gato..."

El halaiquí deja que casi todos digan algo. Finalmente hace con las manos un gesto brusco que exige silencio. Recorre con la mirada los ojos de todos en el círculo. Gira de prisa desde el centro y al detenerse dice lentamente:
—Se convirtió en una voz. 

Una voz que busca ser escuchada con especial atención por la persona que ama. Que desea ser recibida en esa intimidad como semilla en la tierra. Una voz que necesita ser fértil: sensible a la tierra que la recibe, si la recibe. Esta es la historia de un hombre que se convirtió en una voz para habitar el cuerpo de su amada. Para buscar en ella su paraíso, su jardín único y secreto. Ese hombre tuvo que enfrentar varios retos para transformarse en esa voz de tierra. Y ninguno de sus avances resultaba definitivo.



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