“…en
lugar de hablar, respondo, explico y reparto pedazos de mundo”
(Pio
Miranda en “El Día que me quieras” de José I Cabrujas)
Según el
diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, un docente es aquella
persona que enseña. Y si usted insiste en la curiosidad, se da cuenta que el
significado de la palabra enseñar es, textualmente (En su primera acepción): 1. tr. Instruir, doctrinar, amaestrar con reglas o preceptos.
De amaestrar nos habla hermosamente ese libro maravilloso que
es “El principito”, cuando la zorra le dice al pequeño visitante del espacio: “…domestícame
– le dijo la zorra- así cuando yo vea el trigo mecerse recordaré tus cabellos
al viento… tu me necesitarás a mí y yo a ti…” Tal es el mensaje que escucho en
los ojos de un alumno cuando mira a su maestro.
El alumno y su docente viven en el aula creativa y creadora
que urge en nuestras sociedades atrasadas, ese intercambio de roles que surge
de la necesidad de un ser por el otro, esa necesidad de la que habla la zorra.
El alumno, pequeño o grande, necesita del maestro, y el maestro
en su rol de forjador y guía necesita del alumno. Enseñar es aprender a enseñar,
y aprender es: enseñar a aprender. No hay confusión en esto, he aquí la energía
infinita que alimenta el ser docente. El descubrimiento permanente.
Mi primer maestro fue mi tío Alcides, nada más llegar de la
Biblioteca en la que trabajaba en la Caracas hermosa en la que crecí, y después
de ducharse y guindar su hamaca, me sentaba en sus piernas y me leía cuentos.
Así aprendí mi amor por los libros. Lo que se aprende con cariño nunca se
olvida, porque se recuerda con la piel, con la nariz, con el tacto y todos los
sentidos.
Empecé a leer con pasión, abrir un libro es una puerta a la
alegría, a la aventura, a un universo ilimitado y fiel que nunca me decepciona.
Que me sorprende, y que hoy, aún en la cortedad de los días y las
responsabilidades, yo adoro. Ese es el docente que yo quiero ser. El docente
que es como un libro nuevo cada día, el docente que los alumnos pequeños o
grandes abren con los ojos como platos esperando a ver que salta de dentro.
Nuestras sociedades necesitan docentes capaces de ser en “sí
mismos” el perfil que se les pide que enseñen a ser a sus alumnos. No concibo a
un maestro que enseñe a leer si no es capaz de amar la lectura, un docente que
hable de valores y no se aproxime al alumno como a un ser humano y no como a un
producto. Un docente que pretenda enseñar competencias científicas y no haga
flamear dentro de sí la inquietud por el descubrimiento y la experimentación
práctica.
Nuestra escuela tradicional es una escuela alienada porque
tiene docentes alienados, docentes que no cumplen en sí mismos con el perfil
que pretenden exigir al alumno, docentes que no tienen las competencias que el
currículo demanda del aprendiz.
Mis experiencias docentes, en un 95%, han sido con adultos,
sobre todo con docentes en servicio, a quienes he facilitado talleres de
oratoria y liderazgo, promoción de la lectura en el aula de clases, juegos
teatrales para docentes y escritura creativa, entre otros. En muchos de ellos
he conseguido el calor de la búsqueda feliz, pero en otros tantos la búsqueda es
un trozo de papel que engorde el menguado currículo personal. Aunque últimamente,
por lo menos en mi país, ya no se interesen tanto en los talleres de
crecimiento personal, porque valen más otros documentos legales, y casi
siempre, el dedo grueso del poder, del partido o de la filiación ideológica y
no la competencia pedagógica.
Antonio Pérez Esclarín, en su libro “Educar para humanizar”
Capítulo I, Necesitamos Educadores Profetas, señala:
“La educación debe recobrar su dimensión profética. En estos
tiempos de individualismo feroz, en que agonizan los grandes ideales y reinan
omnipotentes la violencia, la insensibilidad y la injusticia, necesitamos con
urgencia a los profetas. Hombres y mujeres que levanten sus gritos y sacudan
tanta modorra, tanta mediocridad, tanto descompromiso.” (Página 17)
Ese docente
profeta que busca como Diógenes, el apreciado Pérez Esclarín por los recovecos
de América Latina, es sin duda un docente consciente del acto de valentía que
su labor exige. Esos docentes profetas sin duda tienen siempre presente que su
labor es, de antemano, un acto de entrega en cuerpo y alma. Vivimos tiempos de
nuevos Herodes. Tiempos en que los profetas son encarcelados, perseguidos,
asesinados. O peor aún, estigmatizados mediáticamente.
Ese es el
costo de caminar guiando, de llevar a lo que libera. Si el docente en su
práctica cotidiana no libera, entonces no hace más que reproducir el patrón de
la opresión que condena a la pobreza, a la esclavitud y la ceguera a millones
de seres humanos. El docente tiene un compromiso con la oferta más grande y más
valiosa que se le puede hacer a un ser humano, el regalo más importante: la
educación. La llave de las cadenas.
Pero, y
espero que esto nos sirva a todos como reflexión: educar no es repetir como
loros conceptos vacíos. Llenar formularios de preguntas y respuestas, “cumplir”
con el programa académico del lapso… educar es sembrar amor por el
conocimiento, educar es inquietar el alma del alumno para siempre. Educar es
cuestionar para construir nuevas experiencias, cuestionar para buscar la
solución y el encuentro. Educar es liberar el cuerpo y el espíritu para que
emprenda el viaje hacia el futuro como hacia una promesa.
Hoy, como
nunca antes la labor del docente trasciende las cuatro paredes del aula de
clases. El docente compite con herramientas tecnológicas que lo superan en omnipresencia,
y debe domesticar esas herramientas para ponerlas a su servicio y de sus alumnos
de manera eficiente y productiva. Llenando con contenidos el vacio de la
apariencia. Haciendo hombres y mujeres capaces y útiles al servicio de las
naciones. Es una lucha desigual, feroz. Por eso necesitamos profetas, con
visión e intuición… y valientes. Con la valentía que solo da el aprender a
pensar por sí mismos.
@CedhotArias


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