jueves, 17 de noviembre de 2011

Mi camino a la docencia / Por Cedhot Arias




“…en lugar de hablar, respondo, explico y reparto pedazos de mundo”
(Pio Miranda en “El Día que me quieras” de José I Cabrujas)

     Según el diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, un docente es aquella persona que enseña. Y si usted insiste en la curiosidad, se da cuenta que el significado de la palabra “enseñar” es, textualmente (En su primera acepción): 1. tr. Instruir, doctrinar, amaestrar con reglas o preceptos. De amaestrar nos habla hermosamente ese libro maravilloso que es “El Principito”, cuando la zorra le dice al pequeño visitante del espacio: “…domestícame así cuando yo vea el trigo mecerse recordaré tus cabellos al viento… tu me necesitarás a mí y yo a ti…” Tal es el mensaje que escucho en los ojos de un alumno cuando me mira como su maestro.
     El alumno y su docente viven en el aula creativa y creadora que urge en nuestras sociedades atrasadas, ese intercambio de roles que surge de la necesidad de un ser por el otro, esa necesidad de la que habla la zorra. El alumno, pequeño o grande, necesita del maestro, y el maestro en su rol de forjador y guía necesita del alumno. Enseñar es aprender a enseñar, y aprender es: enseñar a aprender. No hay confusión en esto, he aquí la energía infinita que alimenta, desde mi punto de vista y experiencia de vida el ser docente. El descubrimiento permanente.
     Mi primer maestro fue mi tío Alcides, nada más llegar de la Biblioteca en la que trabajaba en la Caracas que crecí, después de ducharse y guindar su hamaca, me sentaba en sus piernas y me leía cuentos, así aprendí mi amor por los libros. Lo que se aprende con cariño nunca se olvida, porque se recuerda con la piel, con la nariz, con el tacto y todos los sentidos.
     Empecé a leer con pasión, abrir un libro es una puerta a la alegría, a la aventura, a un universo ilimitado y fiel que nunca me decepciona. Que me sorprende, y que hoy, aún en la cortedad de los días y las responsabilidades, yo adoro. Ese es el docente que me he esmerado en ser. El docente que es como un libro nuevo cada día, el docente al que los alumnos pequeños o grandes abren con los ojos como platos esperando a ver que salta de dentro.
     Nuestras sociedades necesitan docentes capaces de ser en “sí mismos” el perfil que se les pide que enseñen a ser a sus alumnos. No me concibo como un maestro que enseñe a leer si no es capaz de amar la lectura; un docente que hable de valores y no se aproxime al alumno como a un ser humano y no como a un producto, un docente que pretenda enseñar competencias científicas y no haga flamear dentro de sí la inquietud por el descubrimiento y la experimentación práctica.
     Nuestra escuela tradicional es una escuela alienada porque tiene docentes alienados, docentes que no construyen en sí mismos el perfil que exigen al alumno, docentes que no tienen las competencias que el currículo demanda del aprendiz, docentes que no estudiaron educación para transformar su sociedad ni para guiar a sus alumnos con la brújula del saber, sino para obtener un salario que les permita subsistir.
     Mis experiencias docentes, en un 95%, han sido con adultos, sobre todo con docentes en servicio, a quienes he facilitado talleres de oratoria y liderazgo, narración oral, promoción de la lectura en el aula de clases, juegos teatrales para docentes y escritura creativa, entre otros. En muchos de ellos he conseguido el calor de la búsqueda feliz, pero en otros tantos la búsqueda es un trozo de papel que engorde el menguado currículo personal. Aunque últimamente, por lo menos en mi país, ya no se interesen tanto en los talleres de crecimiento personal, porque valen más otros documentos legales, y casi siempre, el dedo grueso del poder, del partido o de la filiación ideológica y no la competencia pedagógica.
      También me he codeado con extraordinarios docentes, en los cuales veo el ahogo, la desesperación y búsqueda de soluciones novedosas a los retos del alumnado. De hecho comparto mi vida con una extraordinaria docente, mi esposa Scarlet Planchart, de quien he aprendido paciencia y agudeza para detectar las debilidades del niño-alumno y convertirlas jornada tras jornada en fortalezas, en logros ejemplarizantes.
     Antonio Pérez Esclarín, en su libro “Educar para humanizar” Capítulo I, Necesitamos Educadores Profetas, señala:
                       
“La educación debe recobrar su dimensión profética. En estos tiempos de individualismo feroz, en que agonizan los grandes ideales y reinan omnipotentes la violencia, la insensibilidad y la injusticia, necesitamos con urgencia a los profetas. Hombres y mujeres que levanten sus gritos y sacudan tanta modorra, tanta mediocridad, tanto des-compromiso.” (Página 17)

     Ese docente profeta que busca como “Diógenes” con su lámpara de día, el apreciado Pérez Esclarín por los recovecos de América Latina, es sin duda un docente consciente del acto de valentía que su labor exige. Esos docentes profetas sin duda tienen siempre presente que su labor es, de antemano, un acto de entrega en cuerpo y alma. Vivimos tiempos de nuevos Herodes. Tiempos en que los profetas son encarcelados, perseguidos, asesinados. O peor aún, estigmatizados mediáticamente.
     Ese es el costo de caminar guiando, de buscar lo que nos libera. Si el docente en su práctica cotidiana no busca su propia liberación, indagando, dudando, cuestionando-se entonces no hace más que reproducir el patrón de la opresión que condena a la pobreza, a la esclavitud y la ceguera a millones de seres humanos. El docente tiene un compromiso con la oferta más grande y más valiosa que se le puede hacer a un ser humano, el regalo más importante: la educación. La llave de las cadenas.
     También he tenido oportunidad de compartir con pequeños aprendices en diversos talleres de narración oral, niños y niñas que me han resultado grandes laboratorios de aprendizaje. Así he abordado el barco del proceso pedagógico con los más pequeños, observando, probando, inventando estrategias para emocionarlos, estrategias que me permitan –no solo- frotar sus raciocinios sino frotar sus emociones, despertar sus sensaciones. No hay aprendizaje sin emociones, y si no hay alegría en el aprendizaje entonces habrá aburrimiento… y se instalarán la flojera y la mediocridad para siempre condenando a las nuevas generaciones humanas al atraso.
     Educar no es repetir como loros conceptos vacíos. Llenar formularios de preguntas y respuestas, “cumplir” con el programa académico del lapso… educar es sembrar amor por el conocimiento, educar es inquietar el alma del alumno para siempre. Educar es cuestionar para construir nuevas experiencias, cuestionar para buscar la solución y el encuentro. Educar es liberar el cuerpo y el espíritu para que emprenda el viaje hacia el futuro como hacia una promesa.
     Hoy, como nunca antes la labor del docente trasciende las cuatro paredes del aula de clases. El docente compite con herramientas tecnológicas que lo superan en omnipresencia, y debe domesticar esas herramientas para ponerlas a su servicio y de sus alumnos de manera eficiente y productiva. Llenando con contenidos el vacio de la apariencia. Haciendo hombres y mujeres capaces y útiles al servicio de las naciones. Es una lucha desigual, feroz. Por eso necesitamos profetas, con visión e intuición de si mismos, que puedan alentarse a si mismos en ambientes cada vez más hostiles al saber… y valientes. Con la valentía que solo da el aprender a pensar por sí mismos.
     Quiero encontrar en el estudio de mi carrera docente en el Instituto Universitario “Jesús Obrero” el viento favorable y las herramientas de navegación para profesionalizar mis talentos pedagógicos y para que lo empírico se haga sistema, método.

@CedhotArias

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