jueves, 17 de junio de 2010

De cualidades perceptibles por un séptimo sentido / Ophir Alviarez


A veces soy cotidiana, lo admito y un dolor fastidioso me sojuzga. Recuerdo a la mamá de una amiga exhortarle al marido de ésta que evitara volverse cotidiano; había tanto en esa simple oración. No es casual que Jarabe de Palo se regodee en su "depende" y me saque la lengua, aquí; de según como se mire todo depende, no doubt

Cotidianidad, rutina, permanencia, finitud, palabras que no pueden delegarse, monstruos de mil ojos, de pegajosos dedos prestos al rasguño, bufones que apabullan a la niña de ayer y hoy penden en las pestañas de la mujer que soy. Parpadeo, procuro el abismo, el chinazo que nos coge por sorpresa, la ventaja de la amabilidad hacia lo viejo suponiendo que viejo no sea un concepto nuevo en el que el interés va más allá del lucro y la amabilidad deja de ser simple cualidad. Escucho los acodes, la luz blanca me hace hostil, la luz y la rabia, entonces infiero. 

Recojo los pasos, saco la cabeza como he visto que hace la gente que tras el tornado, deja el refugio y se asoma para abrazar los escombros, para tropezarse con la ruina y evidenciar la calma. Es sabio el dicho ése de las tormentas; para qué el delirio si después la calma, siempre; para que el estrépito, la sorna, para qué el alarido, el curare, la aguja, el hilado. Anoche era un termómetro en Celsius, ahora, partida ya, peloticas de mi azogue se escurren por doquier y queman, cómo queman. 

Escucho a mi padre, puedo escucharlo retar a mi hermana porque guardaba, porque atesoraba en un potecito de plástico, una inmensa bola del mercurio. Había muchos tubitos con mercurio en la receptoría de leche, mi padre era lechero, crecí entre cántaras, depósitos, aspas y uno que otro rumiante; en aquella época usar botas de goma no era moda, era aventura y amor, el primero, el único, inmortal. Era meterme en el tanque, deslizarme en la espuma cual reina egipcia, aguantar el susto, aprender a ser un humano mejor. Humanos, qué entes tan complejos, humanos y azogue, yo. 

Pedacitos por doquier, cotidianidad, inmanencia, profundidad por profundidad, bi-dimensión desconocida aunque todos digan que qué fácil la conocen. Ella, aquella, ésta que sigue creyendo que según como se mire todo depende y le cuesta hilvanar una subordinada, aún; cero en autonomía, algo en spelliing o en sintaxis, sí. A veces además de cotidiana soy tan deleznable.

Ophir Alviarez
(Nació en Caracas, en 1970. Venezolana residenciada en Estados Unidos que ejerce el oficio de escribir por una vocación que no se calla y hace de las palabras instrumentos de voz y vida, desvelos y quimeras.)

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