martes, 17 de febrero de 2009

La mirada / Por Cedhot Arias

A Kate Pascual

Conseguí su mirada aquel día que me dirigía sin apuro al barbero. Era domingo. Y era temprano.

Miré de reojo, con desconfianza, busqué a los lados, tal vez era una broma -pensé- tal vez alguien con una de esas camaritas, tal vez alguien, con tantos medios de comunicación alternativos -seguí divagando- era domingo.

Por momentos olvidé la barbería... me detuve por completo, y apenas hube constatado que nadie me observaba ni me jugaba una broma, me acurruqué a mirar -¡¿esa es la palabra?!- más bien a admirar aquella belleza.

Era como si el cielo hubiera dejado caer un trozo de inmensidad en aquel asfalto gastado y sucio. Era como si una esperanza hubiera escapado del vientre de una madre para alojarse en el mercado público, junto a la venta de sardinas. Yo estaba enamorado. Sin remedio.

Guardé rapidamente aquel divino regalo, lo envolví en el periódico que recien compré a Don Godines y seguí mi silbido y mi sendero a cortarme el cabello. Como pude mantuve durante toda la sesión de barbería mi paquete bajo el brazo, no caí en ninguna tentación de los muchachos de la cuadra que se peleaban conmigo porque querían leer el cuerpo deportivo. No, no, no y no... aquel domingo, los deportes nada importaban, ni la farandula, ni mucho menos la farsa política en resumen semanal. Sólo tu mirada importaba... y yo la tenía.

De regreso, corriendo casí, entré al departamento, hice a un lado papeles, cuadernos, libros, a Ramón -mi gato cojo- y coloqué el periódico dominical sobre la mesa de centro, un magnifico ejemplar de "El Nacional" que, aquella mañana era más, una caja con un regalo maravilloso.

Entonces, abrí el maso de periódicos y te miré a los ojos, y supe que la vida es el regalo más grande que Dios entregó a los hombres en el universo. Supe que mi madre amó a mi padre aún en las noches amargas de su ausencia infiel, y que mis hijos algún día recordarían el rumor del río que atravesaba el patio del rancho de mi abuela, porque con ese rumor me arrullaba en la noche de las estrellas.

Eran tus ojos sin lugar a dudas, aquella mirada feliz e inocente que alumbró mi tos de perro resfriado cada noche por 8 años; esos mismos ojos que vi brillar de fe, por mí, por nuestros sueños en las tardes felices al regreso del trabajo. Los ojos intensos que me hipnotizaban como una serpiente de cobre en el lecho de la pasión sin fin... tus ojos esperanza de la libelula.

Tal vez, los dejaste allí para no mirarme ni en sueños la mañana que te fuiste... tal vez los dejaste allí para no mirar atrás, para no quedar convertida en estatua de sal... tal vez los dejaste allí para que yo los encontrará, para que me mirara en ellos como en un espejo...

Tal vez, alguien más te ha dado los suyos, y yo deba guardar sólo el brillo feliz de estos, como un castigo de amor por no retenerte... aquel domingo.


Cedhot Arias
17/02/2009
01:42 p.m.

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