lunes, 9 de febrero de 2009

Eternos… / Por Cedhot Arias


Cedhot Arias 07/02/2009 03:24 p.m.

“Todas las cosas vuelven al lugar del que salieron”

Rómulo Gallegos. “Doña Bárbara”

Hay un país que comprende la profunda necesidad de conquistar los valores de la democracia moderna en Venezuela. Hay un país que no. No hablo de conservar, en política, primero, porque esos valores, con escasísimas e ínfimas excepciones de regla, nunca han caracterizado a nuestra raza política, más acostumbrada al caciquismo, al caudillismo y a la partidocracia.


Segundo, porque ese término siempre me ha evocado la imagen de un cadáver bien embalsamado. Nada más alejado de la visión movilizadora de quien suscribe este artículo. Alguna vez dije, que no creía en una paz social venezolana más parecida a una paz de cementerio, que al ejercicio cívico de los derechos civiles en una sociedad democrática sana. Lo mantengo.


Los valores de la democracia moderna en el mundo son: La tolerancia, sobre todo hacia las minorías; la solidaridad, la alternabilidad, el progreso y el desarrollo; la igualdad de oportunidades; los derechos humanos fundamentales, sobre todo el derecho a la vida y a la libre expresión política, racial, religiosa y cultural. El derecho a ser, querer, aspirar, tener e invertir, para el enriquecimiento colectivo e individual.


La mayoría de los venezolanos fue victima, de las múltiples desviaciones de la “democracia tradicional” de los últimos 20 años del sistema representativo de la llamada cuarta república. Peor aún. La persecución de opositores, las desapariciones, asesinatos y tortura, caracterizaron a la mayoría de esos gobiernos. La corrupción, la impunidad, el cinismo y la rebatiña del erario público penetraron tan profundamente en las raíces morales, psíquicas y culturales de nuestra sociedad, que aún hoy, perviven como anti valores “permitidos” por el consciente e inconsciente colectivo.


A finales de los 80, la democracia tradicional venezolana agonizaba, sin esperanza, en un charco de inmundicia política. Sin embargo, sobrevivían a la debacle moral generalizada algunos mecanismos institucionales, cuyos resortes y engranajes, llenos de herrumbre, se activaron y nos permitieron sortear el angosto sendero, y, después de dos agresivos episodios sociales y militares, lograron la elección de una esperanza. La elección fue espontanea, masiva, abrumadora.


A mediados de los 90 el 80% de los venezolanos encendió el bombillo del “cambio” revolucionario y puso el testigo en manos de Hugo Chávez Frías. Lo elegimos para que acabara con los males, no para que los profundizara, ni mucho menos para que justificara el fracaso, ante el desconcierto general, en ese mismo pasado que todos queríamos abandonar rápido. Tal vez nos traicionó la premura.


Menos mal que los gobiernos anteriores no eran eternos. Menos mal, que con todo el poder del Estado, no se les podía reelegir indefinidamente. No hubiera quedado nada ni nadie que elegir, señor Presidente.


Negarle a Chávez iniciativa, beligerancia, persistencia, sería un acto de hipocresía. Negarles a Chávez y a su gobierno un esfuerzo considerable por generar espacios de inclusión social a través de las misiones sociales y educativas sería un acto de irracionalidad. Por cierto, muy común en algunos sectores minoritarios de la oposición venezolana. Irracionales minoritarios que si estuvieran en el chavismo serían idénticos a lo que critican y combaten desde la oposición.


Pero, aceptar que desde el Estado se permita la violencia y la represión descarada contra los factores de oposición, la promoción de movimientos irregulares urbanos que atentan contra la vida y bienes de las personas. Permitirle al gobierno nacional que presione a los empleados públicos para que realicen acciones proselitistas contra su propia voluntad y deseo; permitirle partidizar el Estado de manera generalizada, haciendo uso del erario público y de los bienes nacionales en las repetidas campañas del partido de gobierno, sería avalar, ciegamente, la raíz de los males que nos agobian desde hace décadas.


Pensar que lo mejor a lo que podemos aspirar como venezolanos, es a este gobierno, porque no hay más nadie que pueda hacerlo mejor, es avalar una mentira inmensa. Pretender que alternabilidad significa bi-partidismo es avalar una falacia descomunal. Creer que el Presidente convoca una consulta para que avalemos la reelección indefinida, porque no quiere reelegirse indefinidamente es un acto de inocencia política y social casi virginal. La misma inocencia de los corderos ante el patíbulo del matarife. Y… “la inocencia no mata al pueblo pero tampoco lo salva” (+)


No podemos decirle si a la aparición de nuevos excluidos en distintos sectores de la vida nacional. No podemos decirle si al mal uso de nuevos medios de comunicación que en vez de ser utilizados para canalizar la voz constructiva del país que deseamos emerja a la luz, sean utilizados como maquinarias de desprestigio, de acusaciones sin fundamento, de persecución y de sometimiento al escarnio público por las ideas políticas.


No podemos decirle si, a que el asesinato sistemático de venezolanos en barrios, canchas y comunidades de Venezuela, sea justificado con un: - Caracas siempre ha sido insegura, sobre todo en los años 80 - Pronunciado por el señor Presidente de la República ante una pregunta sobre la inseguridad hecha por la periodista Patricia Janiot de la cadena CNN. Todos lo vimos y escuchamos.


No podemos decirle que si al desconocimiento de la voluntad popular que eligió alcaldes y gobernadores opositores. No podemos decirle que si a la retaliación contra pueblos, municipios y regiones enteras por haber hecho esta elección. No señor presidente. No podemos decirle que si a los nuevos tipos de impunidad.


Señor presidente así como una vez rechazamos categóricamente el secuestro e irrespeto de nuestros derechos por parte los políticos tradicionales, hoy rechazamos que usted o su partido sean quienes “administren” nuestros derechos, decidiendo quienes somos buenos para ejércelos y quienes malos. Exigimos que se garanticen nuestros derechos.


El pueblo que apoya al Presidente Chávez no es un pueblo malo. Es también, un pueblo esperanzado. Quienes hoy estamos en la oposición política debemos entenderlo así. Lo que queremos es un país para todos por igual, mejorar ese país para todos, por todos…


Señor presidente haga lo posible por terminar con éxito su gobierno, de darle respuesta a los problemas de los venezolanos sin sacarse el lazo. Así, tal vez todos los venezolanos evaluemos elegir a un candidato de su partido para el próximo periodo. Igualito como lo hicimos con usted, cuando en democracia alternativa, el pueblo lo eligió.


Debemos enviarle este próximo 15 de febrero un mensaje a los políticos venezolanos: No creemos en Mesías. Este país queremos hacerlo juntos.


Y un mensaje a nuestros hijos: el 15 de febrero del año 2009 tomamos juntos nuestro país en las manos, porque sus manos aún eran pequeñas para cargarlo… y se los entregamos democrático para que cualquiera de ustedes que lo ame, lo saque adelante, para sus hijos y nietos.


Aquí lo único eterno es la esperanza del pueblo Venezolano. Que siempre, vive, habla y avanza.



(*) Fragmento de la canción de Alí Primera.

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