viernes, 20 de febrero de 2009

Arder a la intemperie / Por Cedhot Arias



Como una ventolera de fuego,
el sol me atraviesa los huesos.
Es la tarde larga de oriente, la tarde infinita,
negra, ferviente. Y en silencio,
algo crece como una espada ardiente.

Todo, todo pasa, y tu sigues.
Emerges, agua sagrada,
vago como un loco
en el estrecho espacio de tu vientre.
Allí me quedo quieto
mientras tus dedos de sal
arrastran su tormento cálido por mis cabellos.

Ardes. Ardo, un grito tierno,
un beso. Es como si mi alma obedeciera tus manos.
Me tomas, y otro calor me asalta,
como un tren tortuoso que avanza
desde el centro de mi cuerpo.

Eres la única sábana que quiero cuando el sol calienta.
Como crujir de huesos es mi sufrimiento
apasionado entre tus muslos.
Muslos divinos, muslos ricos, muslos tiernos.
Aprieta y sorbe, mezcla éstos liquidos vitales.
Tengo calor. Hazme arder,
arropame con tus brazos de luz,
con tus pechos de hojaldre que crepita
al paso de mis labios sedientos...

Deja que mi cuerpo incendiado sea uno con tu fuego,
que en la brisa la ceniza sea un rumor del desastre.
Que en el aire, el polvo y las espigas de fuego sean un recuerdo salvaje.
Luego levanta sobre tu frente los restos.
Cedhot Arias
20/02/2009 06:00 p.m.

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