martes, 13 de enero de 2009

Afuera / Por Cedhot Arias




El hombre - o lo poco que queda de él- relee la tapa del libro como al anuncio de una promesa.

- ¿Y si me refugio en los sueños? - se pregunta.

Afuera, la brisa anida un lecho de hojas secas mientras se ausenta el día por las calles silenciosas. La vida corretea de aquí para allá en transeúntes desprevenidos que regresan de cumplir la tarea cotidiana. Un sendero de ojos tristes acompaña el fúnebre viaje de un Juan, o tal vez Pedro, o María quizás, al último lecho.

El hombre - sus restos- gira pesadamente sobre sí y camina sin paz al sofá desierto. Él la mira aún sin verla. Él la siente aún sin tenerla.

Afuera, el viejo carrito de helados... ¿recuerdas? - ¡A correr que llegó Tío Rico!... y la bandada de niños, pequeños pájaros felices, cantan y revolotean... las madres allí, solas, resguardan el nido. El cornetazo aquí, el humo allá. El trajín.

El hombre - sin sombra ya- cavila con los dedos sobre la tapa del libro, mientras las últimas luces del día se recuestan a la pared justo frente a él, como absolviéndolo, como contemplándolo mientras lucha medio adormitado contra la inercia.

Afuera, la noche persigue al joven apuesto y enérgico que camina a los brazos de una adolescente morena que lo espera, en la esquina, mientras escucha románticamente su tema preferido en el IPod. Una dama pasa y la mira como deseándola mientras camina, perseguida también por la noche que cae sin prisa, hacia los brazos de una morena que la espera en una tibia cama dos cuadras más adelante. José, con apenas 25 años, piensa en Alberto de 32, y sonríe.

El hombre - vencido- levanta la tapa como una pesada puerta de antigua madera. El amor se le ha ido.

Ella, que como una enredadera atrapó su corazón hasta hacerlo un recuerdo, ha decidido soltarlo como a un viejo barco sin ancla.

El hombre -en silencio- comienza su viaje sin puerto.

Afuera, en la nutrida soledad de la noche, un millón de amantes nocturnos transpiran deseos. El cálido sendero del sueño arrastra lentamente al hombre hasta su lecho.

Donde él yace: Un millón de brazos, de dedos, de ojos, de poros, inventan la vida, descubren, una y otra vez el cielo.

3 comentarios:

Ophir Alviárez dijo...

Afuera el hombre, la vida, las sonrisas, la esperanza y lo escribo y lo conjuro para hacerlo eco y promesa y credo y mañana...

Te leo, sí.

Ophir

Cedhot Arias dijo...

Aaaaaahhh... entre líneas! Tambien sirve. Se vale.

Un beso, solo para ti...

Ophir Alviárez dijo...

Olvidemos los posesivos, déjemoslo en un beso...

OA